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Diario de Mayra

***

                                                     2 de agosto de 1968

         Querido diario:

            Hay algo que debo contarte y que nadie más puede saber, pero antes de que mis padres me destierren, o algo peor, quiero relatarte, a ti y solo a ti, cómo empezó todo.

            Hacía unos meses que había entrado en el internado. Siempre había odiado los internados, pero… papá y mamá los adoraban. No sabían cómo tenerme fuera de su vista. Solo era una adolescente que traía problemas… ¿quién me iba a decir que esa frase se iba hacer realidad en alguna ocasión?

            Bueno, como te iba diciendo, en el internado nuevo no me fue muy bien. Las chicas apenas se abrían a las nuevas que llegaban para hacer la Enseñanza Media. Casi todas estaban juntas desde que tenían memoria y las nuevas, como yo, tenían que ganarse a pulso ser acogidas por las veteranas. Así que, empecé a vagar sola por los pasillos mientras se hacía la hora de ir a clase.

            Las clases me parecieron aburridas y perversas; las profesoras sonaban amargadas y monótonas. Así que… después de tres meses insufribles, no se me ocurrió otra cosa que escapar. No soportaba esa presión, las chicas no me soportaban y a mis padres tampoco les hacía gracia tenerme cerca, ¿qué caso tenía estar allí?

            Me fugué una noche oscura como boca de lobo. Hacía mucho frío; las primeras nevadas estaban por caer. Debía darme prisa en saltar la valla, antes de que se pusieran a caer copos de nieve y las prefectas se dieran cuenta de que no estaba en mi cuarto.

            ¿Qué iba a hacer una niña de dieciséis años por ahí sola? ¿La verdad? No tenía ni idea. Mi primer impulso había sido irme de esa cárcel, y eso mismo había hecho, sin importar las consecuencias.

            Mi internado estaba situado en Padrollano; un valle rodeado por montañas y poco concurrido. No teníamos contacto con los chicos, las monjas Adoratrices no tenían ninguna clase para ellos. Debía pasar allí un año entero, incluidas navidades y Semana Santa, y probablemente, el resto de los cursos de la Enseñanza Media y Superior.

            Había vivido en libertad hasta que a mis padres se les habían cruzado los cables y me habían enviado allí, ¿iba a aguantar tanto tiempo encerrada? La respuesta era obvia y simple: no.

            No había pensando en nada en esos tres meses que  no fuese escaparme de allí, justo antes de la navidad, cuando, no sé porqué, había menos control.

 

Iba pensando en mis cosas, después de haber comenzado mi huida a toda carrera, cuando escuché un gruñido que me sacó de mis pensamientos.

            Miré hacia todos los lados, pero no vi nada. Me cubrí la cabeza con el manto que me había llevado sin permiso, intentando fusionarme con las sombras de los árboles medio desnudos.

            Los primeros copos me sorprendieron a medio camino de mi libertad, no quedaba mucho para llegar a la linde de lo que unía el pequeño pueblo con las tierras del internado, pero, si empezaba a nevar fuerte, no sería capaz de encontrar el camino, y acabaría congelándome.

            Apuré el paso sin mirar atrás. Escuché otro gruñido y varios aullidos de lobos. ¡Lobos!

            El pánico se apoderó de mí y empecé a caerme en el suelo que pisaba, no daba dos pasos después de levantarme cuando otra vez volvía a estar sobre la tierra, cada vez más húmeda.

            Me caí una novena vez, en esta ocasión no me levanté tan rápido como hubiese querido, me había hecho daño en el brazo y no tuve otro remedio que levantarme las tres mangas que llevaba y comprobar la gravedad de la herida. ¡Esto era estupendo! ¡No me había caído saltando la ventana del internado, pero sí me había tropezado con una piedra y me había hecho daño! Olí mi propia sangre y me mareé. No me gustaba nada el olor a cobre que desprendía.

            Y, de repente, como si nada, un lobo surgió de entre las sombras, gruñendo en mi dirección. Apenas lo podía ver, pero la mitad de su pelaje refulgía a unos metros de mí bañado por un tenue rayo de luna.

            -¡Atrás! –le grité. Pero el lobo me gruñó sin hacerme caso.

            Comencé a reptar de espaldas, buscando algo con lo que protegerme. Encontré un pedrusco y se lo lancé.

            Hice mal, muy mal. No le di, el animal se puso nervioso e iracundo y corrió  hacia mí.

            Me tapé la cara con los brazos mientras comenzaba a rogarle a Dios que esto fuese lo más rápido y menos doloroso posible.

            Pero en lugar de morir, como había imaginado, escuché un chasquido, un alarido lastimero y ahogado y alguna cosa caer estrepitosamente al suelo.

            Me quité los brazos de la cara despacio, intentando hacer el menor ruido.

            Fue una sorpresa ver que una figura se erguía delante de mí, interponiéndose entre yo y lo que parecía ser el animal, que ahora no gruñía, sino que yacía inerte en el suelo.

            Ahogué un grito sin querer y me tapé la boca. Él hombre se giró en mi dirección y yo comencé a reptar una vez más con la espalda pegada al suelo, buscando otra piedra. Pero no me dio tiempo a encontrarla; él ya estaba agachado a mi lado, ayudándome a ponerme en pie.

            -¿Te ha hecho daño? –preguntó con una voz grave, pero cariñosa a la vez.

            -No… -balbuceé.

            Se quitó la chaqueta y me vendó el brazo con ella.

            -Tienes que mantener la sangre fuera del alcance de los… – pensó lo que iba a decir antes de añadir -: animales. Ellos pueden olerla y atacarte.

            ¿La sangre fuera del alcance de los animales? Nunca se me hubiese ocurrido, pensaba que los lobos cazaban conejos y ratas, no humanos.

            -Vale… -volví a balbucear mientras él me ayudaba a caminar hacia el internado.

Mi fuga se había quedado en eso, en un simple amago frustrado por escapar.

            En el internado se habían vuelto locos en cuanto me había ido, no habían tardado mucho en darse cuenta. El vigilante de turno me había visto a lo lejos. No había hecho sonar la sirena para no alertarme, así yo iría más despacio y ellos me atraparían antes.

Me tocó hacer la limpieza del colegio entero como cuatro veces, y créeme, querido diario, son muchas veces para limpiar aquel sitio yo sola.

            Mis padres me dejaron sin regalos de navidad, ni siquiera vinieron a verme, aunque no me extrañaba en absoluto. Raúl era el niño de sus ojos, el hijo perfecto, el heredero al trono de las minas de carbón de la familia, mi hermano predilecto. De pequeños habíamos estado muy unidos, pero ahora apenas nos hablábamos, yo había quedado como la mocosa corrupta que se había ido por el mal camino, palabras textuales de mi padre. Y, en cambio, Raúl cada vez se parecía más a él.

            En fin, no era a este punto dónde quería llegar, querido diario, sino que, como te iba diciendo, la navidad allí era un asco. Las hermanas no me trataban mal y yo sabía que me había escapado y que no había estado bien, no me importaba limpiar las veces que hiciera falta ese dichoso internado, lo que me preocupaba era quedarme allí, encerrada el resto de mi vida.

            Después de la navidad, tuve un golpe de suerte, bueno, en realidad, dos. Las monjas hacían labores de caridad y una de ellas era ofrecer a gente sin recursos alojamiento y educación a cambio de ayudarlas con las tareas del internado.

            Fue así como llegó Ana, mi mejor amiga. Era una de las nuevas becarias que trabajaba en la cocina. Fue ella quién me enseñó algunos trucos culinarios, se le daba bastante bien eso de cocinar.

            El caso es que Ana, que tenía un color de pelo más rojizo que el mío, fue repudiada por las demás chicas, como yo, con lo que tuvimos la mitad del camino hecho para ser amigas. Éramos inseparables. La gente lo sabía y, por mucho que se burlaran de <<las pelirrojas infernales>> nosotras éramos la mar de felices.

            Pero, mi felicidad aumentó muchísimo más un mes más tarde; cuando él llegó.

            Alberto apareció en mi vida como un rayo de luz. Sus ojos, entre castaños y verdes, reflejaban la bondad personificada. Su sonrisa humilde hizo que mi alma sonriera cuando él lo hacía, y sus rizos castaños eran tan irremediablemente atractivos que me pareció el hombre más guapo de este mundo.

            Solo había unos cuantos problemas que se interponían en mi felicidad; primero, mis padres. Segundo; mi estatus social y el suyo. Tercero; la edad, él tenía veintidós años y yo dieciséis. Mis padres nunca estarían de acuerdo y mucho menos si él era <<el manitas sin estudios del internado>>.

            Me enamoré inevitablemente de él, como él lo hizo de mí. No había más opciones viables: debía escaparme una vez más, pero, esta vez, con el amor de mis sueños. Ana puso el grito en el cielo, pero aun así, me apoyó. La noche de mi segunda fuga, justo antes de Semana Santa, Alberto me preguntó catorce mil veces que si estaba segura de aquello, y yo le dije catorce mil veces que sí. Él había dispuesto todo para irnos, había hecho un trato con el hombre de la cuadra, y yo no quería echarme atrás. Lo amaba y no me importaba luchar contra mis padres por él.

Pensarás que si no les dije nada de mi noviazgo secreto, ¿cómo sabría si me apoyarían o no? Bueno, no hacía falta preguntar, estaba segura de que no me iban a apoyar.

            Me despedí de Ana a la luz de una vela, justo antes de salir por las caballerizas, era el sitio más seguro. Corrimos sobre Gamo, el mejor caballo del internado, pensábamos dejarlo a la entrada de las tierras de las Adoratrices, no queríamos robarlo. Allí nos esperaría un amigo de Alberto con un coche, oculto entre los caminos de piedra.

            Habíamos llegado casi a la línea divisoria cuando, como en la vez anterior, los lobos nos asaltaron; esta vez no era uno, sino una manada entera.

            El caballo se paró en seco, tan repentinamente que casi nos caemos de la grupa.

            -¡So, bonito! –dijo Alberto para calmar a nuestro pura sangre blanco.

            Escuché varios gritos provenientes del colegio; se habían dado cuenta de que nos habíamos ido.

            -Si no nos vamos ahora, nos descubrirán –dije mirando hacia atrás.

            Y, como si les hubiese dado a los lobos una invitación a un festín, nos gruñeron alto y claro, babeando como si fuésemos la cena del día. El caballo volvió a ponerse nervioso y comenzó a correr, yo aun no había vuelto mi cabeza hacia el frente cuando Gamo volvió a galopar, pero esta vez, como una fiera indomable huyendo del peligro. No pude agarrarme al abrigo de Alberto y caí sin poder evitarlo mientras él se iba con el caballo gritando mi nombre.

            Vi el cielo estrellado a lo lejos mientras caía boca arriba, pedí a las estrellas en un susurro que al menos ayudasen a Alberto a llegar hasta su amigo y no le pasara nada… quería pensar lo menos posible en el dolor que iba a sufrir tras caer del animal galopante y la carnicería que haría conmigo la manada de lobos.

            Te preguntarás ¿cómo está escribiendo esto entonces si se cayó al suelo en un salto fatal y los lobos la estaban esperando para atacarla? ¿Verdad?

            No sucedió ni una cosa ni la otra.

            El hombre que me había salvado la primera vez que huí, me volvió a salvar una segunda. Me cogió en el aire y salté con él más alto que cuando Gamo me había arrojado fuera de su montura.

            -¡Ten cuidado con lo que deseas! –me dijo el hombre.

            No entendía por qué me decía aquello. En realidad, no entendía nada, ¿íbamos saltando árboles?

            -¿Qué… quiere decir? –pregunté como una idiota cuando cayó de pie en el suelo como un gato cuando baja de un muro.

            -Que debes tener cuidado con lo que deseas. También debes tener cuidado a qué ente se lo pides…

            <<Ente>> repitió mi mente, pues yo estaba muda. No entendía nada de nada.

            Iba a volver a hacerle la pregunta cuando algo empujó al hombre y los dos caímos al suelo.

            ¿Recuerdas que me había hecho daño en el brazo la primera vez que me había escapado? Bueno, pues ahí comprobé que no se me había curado bien, no se me rompió, pero solo por un pelo, y no sabes cuantísimo me dolía.

            Como te decía, yo estaba retorciéndome de dolor cuando <<eso>> apareció de las sombras. Un ser maligno procedente de lo más hondo del inframundo. Sus ojos brillaban en medio de la noche y sus colmillos se expandían conforme avanzaba hacia nosotros.

            -¡Ella no ha pedido un deseo, no puedes hacerle nada! –exhortó mi salvador.

            -Pero eso tiene fácil solución, ¿no crees? –bramó la cosa infernal aquella.

            -No. No voy a permitir que te la lleves.

            El ser infernal sonrió con desdén.

            -Me has hecho la mitad del trabajo; tener algo que ver con nosotros. Lo demás es pan comido, Diego.

            Así fue cómo me enteré del nombre de aquel buen… hombre. La otra ocasión que me había salvado, solo me había convencido para volver al internado, me había dejado en la puerta sana y salva y se había largado corriendo.

Diego no le contestó, simplemente me cogió en brazos y volvimos a irnos… volando sobre los árboles.

            -Escucha, no pidas deseos si vuelves a ver a alguien como él. Estarás a salvo con los humanos que no tengan ningún vínculo con nosotros. Los que no tienen ninguna conexión con los nuestros no tienen de qué temer.

            -Lo siento, pero no te entiendo –conseguí decir en medio del caos mental que reinaba en mi cabeza en ese momento.

            -¿Cómo te llamas? –preguntó tan normal.

            -Mayra. –Mi respuesta fue automática, como cuando la profesora pasaba lista en clase.

            -Mayra, escucha atentamente. Olvida lo que has visto, vete lejos de aquí con tu chico, no regreses jamás, y, por lo que más quieras, no le cuentes esto a nadie. Diles que los lobos se ahuyentaron con las voces de las monjas, que se asustaron de tanto alboroto.

            Él tenía razón, ahora escuchaba claramente el jaleo, todos nos estaban buscando.

            -Vale –dije como una chiquilla asustada, que es lo que era en ese momento.

            Diego me dejó sobre la hierba y me indicó la línea que debía de seguir para cruzar la frontera entre el internado y la libertad. Me deseó buena suerte y me prometió que alejaría a los lobos de mí.

            Me dolía el brazo a horrores, pero continué entre los árboles sin mirar atrás. Vi la alambrada rota que había preparado Alberto para que pudiésemos escapar. Ahí estaba él, malherido, con su amigo y el coche. Alberto estaba como loco, su amigo lo sujetaba, intentaba calmarlo para que no volviese en mi búsqueda en medio de los lobos y la multitud de personas que cada vez sonaban más cercanas, intentado atraparnos.

            -¡Estoy bien! ¡Vámonos! –susurré cuando estuve lo bastante cerca de ellos.

Él suspiró de alivio,  me envolvió entre sus brazos y me besó. Y después nos internamos en el coche, alejándonos de Pradollano para siempre.

***

         Las siguientes semanas fueron un suplicio, nos fuimos a casa de Alberto, a la casa de sus padres en realidad. Fueron muy amables conmigo, pero pronto llegaron noticias del internado, y, una vez más, se derrumbó mi mundo.

            Las monjas se habían dado cuenta de que nos habíamos fugado juntos. No hacía falta ser un lumbrera para ello, yo no estaba y el manitas había desaparecido.

            No quería ni pensar el interrogatorio por el que Ana estaría pasando por mi causa en ese momento.

            Querido diario, nunca se lo he reconocido a Alberto, pero fueron unas de las peores semanas de mi vida.

            En fin, que me voy del tema, el caso es que acusaron a Alberto de secuestro y de robo, pensaban que me había llevado a la fuerza y, además, el caballo que habíamos cogido apareció muerto, lleno de mordeduras, imaginé que por los lobos hambrientos de carne.

            Mis padres pidieron la dirección de Alberto, y, aun estando en Jaén, donde vivían mis suegros, mis padres no me dejaron en paz. Un buen día se presentaron en su casa. Alberto estaba intentando que no lo metieran preso, ya había pasado unos cuantos días en prisión, y aun no sabíamos cómo lo habían soltado, pero esto no había acabado, solo acababa de empezar.

            Me fui con mis padres con la condición de que ayudaran a mi prometido a salir de la cárcel. Mi padre me dio un guantazo cuando utilicé esa palabra para referirme a él, y yo no pude hacer otra cosa que llorar mientras él me arrastraba hacia su coche nuevo. Dentro me esperaba mi madre, con una desilusión palpable en la mirada, y mi hermano, que tenía pinta de estar pensando << ¿qué diablos hago yo aquí?>>.

            Y aquí estoy, querido diario, dos meses después, en mitad del verano, sin saber nada de Alberto, ni de Ana ni de nadie. A ella he intentado escribirle un par de veces, pero mi madre ha interceptado mi correo todas las ocasiones. Siempre coge el sobre y me dice <<si te escapaste de allí, no sé por qué quieres mantener correspondencia con nada que tenga que ver con el internado>>. Me da la sensación de que, lo que en realidad quiere decirme, es que tuve mi oportunidad de continuar con mi vida <<perfecta>> allí y que, como he sido tan idiota, lo he echado todo a perder. Sé que se siente muy avergonzada de mí, pero lo volvería a hacer ahora si estuviese en la misma posición; me escaparía las veces que hiciera falta.

Debo reconocer que esto no es mejor que limpiar el internado, y que echo muchísimo de menos a Ana, no hablemos ya de Alberto. Aquí no me dejan ver a mis antiguos amigos. Estoy sola todo el día, rodeada de sirvientas que me obligan a hacer costura y cosas así. Están tan hartas de cuidar de mí, como yo de que ellas me vigilen.

            Bueno, al menos hay una que no me tiene tanta tirria;  se llama Lara, la doncella nueva, tiene una hija de mi edad, y creo que le doy pena.

            He pensando en hablar con ella, querido diario, porque estar aquí escribiéndote, está muy bien y todo eso, pero necesito hablar con un ser humano. Aun no me atrevo a contarte mi secreto, aun sabiendo que la tinta no se ve. ¿Buen invento, eh? Las páginas se quedan ligeramente onduladas, pero solo parece que se han mojado, y conociendo lo patosa que soy, a nadie le extrañará en absoluto. Los limones que utilizo se los he pedido a Lara en un par de ocasiones, le digo que me gusta plantar árboles, luego le digo que no he sabido cuidarlos y no han brotado. Ella, primero se ríe, y después me da más limones, piensa que son cosas de críos y yo quiero que eso siga siendo así.

            En fin querido diario, aun no puedo confesarte la verdad que me consume, quizás lo intente de nuevo en otro momento.

***

                                                                                                          12 de Agosto de 1968

            ¡Querido diario! ¡Querido diario! Tengo una novedad, el otro día conseguí que Lara me dejara sola paseando, y, ¿adivina qué? ¡Me encontré con Diego!

            La verdad es que no se alegró mucho de verme, bueno más bien dijo <<no deberíamos habernos visto>> y, aunque sin maldad, creo que esas palabras esconden algo más. Casi no creí que fuese él de verdad. Lo reconocí por su figura, es un hombre adulto, pero se mantiene bastante bien.

            Al principio vi la impresión en su cara, se estaba preguntando qué hago yo en Montefrío, la ciudad donde mis padres han decidido vivir después de que se avergonzaran de mí por escaparme del internado con un <<pobre andrajoso que solo quiere la fortuna de la familia>>.

            Le he explicado mi situación y ha prometido que me traerá noticias de Alberto. Por muy raro que suene, he confiado en él, espero de verdad que cumpla su promesa. He aprovechado también para preguntarle por el internado, y ha estado muy reacio a hablarme de aquello, lo único que he conseguido sacarle es que me diga que van a cerrarlo y que probablemente hagan una estación de esquí por allí. También le he preguntado por ese hombre… el de los colmillos, ha carraspeado y se ha negado a contestarme aludiendo que tenía que irse.

            Pensándolo bien, quizás no vuelva. Ese hombre tiene algo raro, y por alguna razón, no quiere que nadie se entere de su secreto.

            Bueno, yo no dije ni una palabra de lo que pasó en el bosque. No quería que me encerraran en un manicomio, pero, a día de hoy, aun no me explico lo que pasó en realidad, ni con Diego, ni con los lobos, ni con el hombre-bestia.

Zeus y Penélope

Mucho tiempo atrás, cuando los dioses gobernaban el mundo y Odiseo se hallaba lejos de su añorado hogar, su esposa, Penélope, lo echaba de menos en Ítaca. Llevaba más de diez años de viaje, desde que había partido para ayudar al Rey Menelao a someter a Troya después de su traición. Los rumores de su muerte llegaban cada vez más lejos, de modo que muchos pretendientes querían cortejar a su hermosa esposa Penélope, aunque siempre se encontraban con una negativa por parte de ella.

Penélope era una mujer muy bella, su hermosura había llegado a oídos de muchos hombres, por esto muchos se animaban a seducirla, por eso y porque la herencia de su marido era más que suculenta.

Penélope poseía unos cabellos dorados que podrían competir con el mismo sol, y unos ojos azules podrían hacerle sombra al mismísimo mar. Esta belleza no pasaba desapercibida ni siquiera por los dioses…

Zeus, que había escuchado estas noticias, tenía curiosidad por saber si la muchacha, supuestamente tan bella, caería a sus pies, como lo hacían sus demás conquistas. No le importaban los otros pretendientes, ya que podía utilizar sus poderes para transformarse en lo que quisiera…

 

Una  agradable mañana primaveral, Penélope salió a pasear por el bosque que recorría el monte Nérito. Iba en busca del riachuelo que pasaba cerca de su hogar. Era el único lugar donde se encontraba libre de sus molestos pretendientes, ansiosos por que les diera una contestación para casarse con alguno de ellos.

El riachuelo no quedaba lejos, pero era de difícil acceso, ya que se debían subir altas cuestas a través del espeso bosque. Cuando por fin pudo llegar, se apoyó con las rodillas en el suelo, se inclinó hacia el agua y se enjuagó la cara. El sol estaba saliendo, los rayos bañaban su cara y Penélope miró al cielo para deleitarse con ese calor. De pronto, salida de la nada vio…un águila.

“Qué raro” pensó. “Por aquí no hay águilas, será alguna que se ha desviado de su rumbo”.

Algunas ramas se escucharon crujir de entre los árboles. Penélope desvió rápidamente la mirada del sol, exaltada por el susto. ¿Qué había detrás de los árboles?

De las sombras un gran toro emergió, con pelaje brillante y cuernos majestuosos. Penélope se puso en pie, dispuesta a salir corriendo. Aunque… el toro no parecía querer hacerle daño, se mostraba sereno. Se acercó al río para beber agua, mirándola de reojo. Penélope se preguntaba por qué ese enorme animal no la atacaba. ¿Era inofensivo? La esposa de Odiseo tuvo la curiosidad de tocarlo, era como si algo la impulsaba a hacerlo. Alargó la mano, temblorosa, mientras el animal bebía. Tocó su pelaje, el animal no se movió lo más mínimo, parecía muy tranquilo, incluso parecían gustarle sus caricias, ya que comenzó a menear el rabo. La mujer se tranquilizó y comenzó a acariciar suavemente el lomo del animal mientras éste la observaba con sus ojos oscuros.

Zeus había conseguido engañarla, su disfraz de toro había sido acertado. No quería mostrarse delante de ella como un hombre, ya que tenía entendido que rechazaba a todos los que se le acercaban. De modo que eligió conquistarla primero como animal y después se mostraría como un humano para terminar de seducirla.

-¡Menudo susto me has dado! ¿De dónde te has podido escapar? -le dijo mientras lo acariciaba.

Él inclinó su hocico para frotarse con su mano.

“Debe de tener hambre” pensó Penélope. Dado que había demostrado ser un animal dócil se lo llevó a su casa; justo lo que Zeus pretendía.

Lo encerró en el establo con los demás animales y decidió visitarlo de vez en cuando a lo largo del día. Para Zeus no era cómodo el estar encerrado en aquel lugar, pero debía saber la frecuencia con la que sería visitado por Penélope para poder irse cuando ésta no estuviera presente.

Por la noche, cuando todo estuvo en calma, Zeus volvió al Olimpo. Penélope le había resultado más hermosa de lo que había escuchado. Estaba decidido a conquistarla. Pero primero debía asegurarse de que su esposo no regresara por el momento.

 

Lo primero que hizo Zeus fue visitar al oráculo Tiresias, debía revelarle la suerte de Odiseo.

-¡Zeus, el que oscurece las nubes! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué te trae por el hades?-Preguntó el Oráculo.

– ¿Es que acaso no sabes ya a lo que vengo, Tiresias? -preguntó el Soberano.

-No tengo respuesta a todas tus preguntas, lo único que te puedo decir es que Odiseo ha pasado años en la cueva de Calipso y ahora ha conseguido escapar -contestó el viejo.

Cierto, Zeus recordaba perfectamente las plegarias de Atenea para que la ayudara a dejar que Calipso lo soltara. ¡Por qué le habría hecho caso!

– ¿Y Penélope, caerá a mis pies mientras su esposo no esté con ella? –inquirió  el Dios.

-Ella siempre le será fiel a su marido, hasta la muerte.

A Zeus no le gustaron las palabras de Tiresias, haría que Penélope sucumbiera a sus encantos como fuera.

-¿Qué será ahora de Odiseo? -preguntó enfadado.

-Odiseo emprenderá su regreso a casa.

“Si regresa…” pensó el Dios, que estaba irancundo por las respuestas del Oráculo. Debía hacer algo para que Odiseo se mantuviera lejos de su patria mucho tiempo. Ya que Penélope le costaría más trabajo de cortejar del que había planeado.

 

Entonces Zeus, el que porta la Égida, ideó un plan. Se dirigió al palacio de Circe, la Hechicera, y allí la encontró preparando alguno de sus hechizos.

Ella se detuvo en seco, mirando a Zeus, expectante. ¿Por qué la visitaba? Hacía siglos que no se habían visto.

-Debo pedirte un favor –dijo Zeus.

-¿De qué se trata? –contestó ella sorprendida por sus palabras.

-Voy a enviarte a un hombre llamado Odiseo. Es un hombre astuto. Debes retenerlo aquí a toda costa. Sedúcelo y no dejes que se marche –ordenó el hijo de Cronos.

– ¿Y todo esto, a que se debe? -preguntó Circe, aun más sorprendida por su petición.

-Eso no es asunto tuyo, tú haz lo que se te ordena -y diciendo esto, desapareció.

 

Odiseo navegaba por el ancho mar, cuando vio pasar un águila de plumaje majestuoso por el alto cielo. ¿Qué hacía por allí ese bello animal divino asimilado a Zeus? ¿Acaso él andaba cerca? Esperaba que el Dios no se hubiese olvidado de él y lo ayudase a llegar pronto a su patria.

El hijo de Laertes suspiró, nostálgico. Echaba de menos a su amada  esposa Penélope y deseaba volver a abrazar a su hijo Telémaco.

Él y sus compañeros estaban cansados y abatidos; habían muerto muchos, y otros tantos no tenían esperanza de llegar a Ítaca.

La salida de la isla de los Cíclopes había resultado difícil. Aunque vencedores de Polifemo, muchos ya no estaban y no se les había podido dar un entierro digno.

En estas estaba pensando Odiseo cuando de la nada un viento voraz los tomó por sorpresa. Odiseo se tuvo que agarrar el timón con fuerza para no salir arrastrado hacia el otro extremo del barco. Sus compañeros se sujetaron a lo que más cerca alcanzaban. ¿De dónde habían salido esas nubes negras?

Arrastrados por el viento, desembarcaron en nueva isla después de navegar, durante medio día, desviados de su rumbo. Por fin el viento y las nubes le habían dado tregua.

Desembarcaron en busca de provisiones. Odiseo mandó a unos cuantos a explorar la isla, mientras él y otros tantos reconocían el terreno donde habían arribado.

Pasaron varias horas desde que el hijo de Laertes había enviado en busca de noticias a sus tripulantes, pero ni uno de ellos había regresado. ¿Qué les habría pasado? Con premura fue a buscarlos dejando al resto vigilando el barco.

Cansado de buscar, pues llevaba horas en ello, iba a darse la vuelta hacia el barco. Pero, antes de hacerlo, unas voces captaron su atención.

Escondido entre los matorrales para no ser divisado, vio un lujoso palacio, digno de un rey. Y… ¿qué se escuchaba? ¿Acaso no eran eso gritos de cerdos?

Se acercó sin hacer ruido, con cuidado de no ser visto. Había cerdos, muchos cerdos en una jaula, rodeados de copas con lo que parecían ser los restos de algún brebaje.

-Bienvenido, Odiseo de Ítaca, te estaba esperando –dijo una dulce voz detrás de él.

Odiseo se quedó hechizado. Esa bella voz pertenecía a una hermosa mujer de cabellos dorados y ojos penetrantes, tan negros como el fondo marino.

-¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién eres, hermosa mujer?

Circe caminó hasta su lado, embriagándolo con su aroma.

 

Penélope cuidaba todos los días de su “toro”, este cada día le parecía más hermoso. Sentía su mirada, no como de un animal, sino como la de un hombre…

Zeus ya no podía seguir haciéndose pasar por un animal, estaba harto. Deseaba a Penélope.  Se acercó a ella para que lo acariciara. Ésta hizo algo que jamás había hecho antes; le dio un beso en  el lomo y lo abrazó. La esposa de Odiseo se había encariñado mucho con el gran animal. Y allí, en sus brazos, la figura del toro comenzó a metamorfosearse… dando paso a un hombre.

Penélope se quedo estupefacta. El hombre nacido del toro era alto, de musculatura apreciable, con increíbles ojos grises y rizos color plata. Nunca había visto un hombre así.

-Muchas gracias, amable Penélope. Con tu beso has terminado con el conjuro que  me mantenía hechizado en estado de animal –habló el Dios disfrazado.

Penélope no salía de su asombro. ¿Un conjuro? Ahora entendía porque su “toro” la miraba de esa manera.

-¿Quién eres? –inquirió la mujer cuando por fin pudo articular palabra.

Zeus comenzó a explicarle una serie de acontecimientos ficticios que evitaran revelar su verdadera identidad. Se hacía llamar “Darío de Esparta”, su barco había naufragado en la isla de Eolo y la hechicera que moraba en ella lo había transformado en toro por no haber acatado sus caprichos.

Penélope se acordó de su marido. ¿Y si él pasaba por esa isla también?

Penélope decidió que no se podía deshacer del hombre, lo había estado cuidando semanas, y había sido su mejor compañía en esos días, transformado en hombre o animal, no podía abandonarlo. Así que Penélope, sabedora de conocimiento, le ofreció su hospitalidad al “recién” llegado inquilino. Un competidor más a los ojos de los pretendientes de la mujer.

Zeus había conseguido lo que se proponía, los demás hombres se quedaron mirándolo. Algunos con malicia y otros sorprendidos por su belleza, sin dudarlo era el más guapo de todos. Hasta las criadas de palacio cesaban de hablar cuando él pasaba.

Los días continuaron su rumbo, y Penélope se alejó un poco de Zeus, desde luego lo veía como otro pretendiente más a usurpar el lugar de su esposo. Aunque claro estaba, tenía ventaja sobre los demás.

Zeus no podía permitir que se alejara de él, si no, no llevaría a cabo su conquista.

En los días él siempre buscaba estar cerca de ella, aunque a veces era rechazado y lo frustraba, pero no se rendía. Por la noches iba al palacio de Circe a pedirle explicaciones sobre Odiseo, éste llevaba meses en su palacio, como estaba planeado. Circe siempre contestaba lo mismo “todo está bien, Odiseo me pertenece”. Zeus se quedaba contento con esta respuesta, mientras regresaba al palacio con Penélope.

Una noche la encontró asomada al palco de uno de los torreones del palacio, pensativa, mirando al infinito.

-Penélope, llevo unos meses intentando decirte algo…-dijo el que amontona las nubes.

Penélope se sobresaltó, estaba tan anonadada y metida en sus pensamientos que no se había percatado de la presencia del Dios.

-¿De qué se trata? –contestó ella con una mirada melancólica.

Zeus pudo apreciar cuando ella lo miró, que bajo sus párpados quedaban los restos de lo que había sido un llanto.

-Sé que no soy digno de ti -apenas creía que hubiese dicho eso a una mujer ¡Él, el gran Soberano del Olimpo! Las mujeres no eran dignas de su presencia – ¡tu belleza compite con los mismísimos dioses! pero he de decirte que llevo mucho tiempo pensando en ti. Te echo de menos, echo de menos cuando era un “toro” y tú estabas a mi lado.

-Lo siento… pero ya no te veo como un animal, te veo como el hombre que eres –aunque no lo dijese de manera directa, Penélope se sentía atraída por él.

Zeus se acercó más a ella, casi rozándola con su aliento. Penélope se alejó, nerviosa, pero no tenía escapatoria, no iba a saltar por el palco…

-¡Oh! Penélope, diosa mortal de la belleza ¿Acaso no soy lo bastante para ti, ni siquiera para ser tu esclavo?

A Penélope se le encogió el corazón.

-¡No digas eso! Yo… si no estuviese casada…pero espero a mi esposo Odiseo y a mi hijo Telémaco.

-Pero tu esposo puede estar muerto, tengo entendido que llevas años esperándolo. Y tu hijo no pondrá objeción a que su madre se vuelva a casar… -Zeus controlaba su irá. Una negativa por parte de Penélope, una mortal, aunque fuese bella, lo llenaba de rabia.

Penélope calló unos segundos, entristecida. No quería serle infiel a su marido, y tampoco quería hacer daño a su pretendiente ya que este no era como los demás, le atraía de verdad.

-Tengo que pensármelo…- Esperó a que Zeus dejara de interponerse en su camino y se fue caminando deprisa a través del pasillo.

Zeus, el que porta la Égida, se encontraba colérico. Una ira contra Odiseo le hacía arder por dentro. Ese hombre, sin saberlo, estaba frustrando sus planes. El protegido de Atenea no dejaba de estar presente entre él y Penélope.

Muerto de rabia, se dirigió al palacio de Circe, la Hechicera.

-¿Dónde está Odiseo? –preguntó el Dios, haciendo que tronara todo el palacio.

-No está –anunció Circe a una distancia prudente del hijo de Cronos.

-¿Cómo que no está? –Los ojos de Zeus se volvieron más oscuros si podían. Su poder empezaba a vibrarle por las venas.

Circe estaba muerta de miedo, pero ¿a dónde podía irse? Nadie podía escapar a la ira del gran Zeus…

-Tuve que dejarlo marchar, Atenea me lo ordenó.

-Atenea… -vociferó el que reúne las nubes con voz atronadora mientras desaparecía de la estancia, dejando a Circe respirando tranquila.

En el Olimpo todo estaba en calma, pero ni las Moiras, juezas del destino,  sabrían adivinar como acabarían las cosas entre los dioses.

 

Atenea se encontraba sentada en su templo, observando el rumbo de Odiseo. Ésta había decido interceder por él ante Circe, ya que no era justo que lo tuviese recluido por culpa de un amorío de su padre. Además estaba harta de ver como la Hechicera jugaba con sus compañeros de viaje, convirtiéndolos en cerdos y jugando a su antojo con su vida.

Zeus llegó implacable, interrumpiendo su armonía mientras la miraba con los ojos llenos de ira.

 

Odiseo acababa de embarcar de nuevo para retomar su viaje hacia Ítaca. Por fin había podido librarse de Circe. El viento era favorable y el sol les regalaba todavía horas de luz para continuar su viaje.

Pero un segundo después, todo se tornó oscuro. Las nubes comenzaron a amontonarse en el cielo. El viento comenzó a soplar con fuerza. A lo lejos, aullidos de pájaros se escucharon, eran… ¿una lechuza y un águila peleando? Odiseo no alcanzaba a verlos bien, ya que las gotas de lo que empezaba a parecerse a una tempestad afloraban desde el cielo, nublándole el sentido de la vista, mientras que los rayos amenazaban sus oídos, azotando el cielo gris.

Toda la tripulación se preparó para la tormenta. “Zeus debe haberse enfadado” pensó Odiseo.

 

Penélope no dejaba de darle vueltas al asunto de su nuevo pretendiente. Era un hombre apuesto y que parecía amarla. ¿Y sí su marido estaba muerto? ¿Y si en realidad estaba esperando a alguien que no volvería jamás? ¿“Darío” tendría razón? Y en cuanto a su hijo, no podía impedir que volviera a casarse, no era prudente que una mujer estuviese sola… y comparado con los demás pretendientes… era el mejor. No parecía buscar  la riqueza de Odiseo, como los demás querían, entre otras cosas, y en cambio si la ambicionaba a ella. Penélope se había dado cuenta de que la miraba con deseo y pasión, no la veía como un premio que llevarse junto con las pertenencias de su marido.

La noche estaba espléndida, las estrellas brillaban en el cielo. El aroma de las flores primaverales embriagaba la estancia. Era la segunda primavera que Zeus estaba con Penélope, los meses que había pasado Odiseo recluido en el palacio de Circe habían servido para que el Dios se acercara a su añorada mortal. Estaba cansando de hacerse pasar por un simple humano, y después de haber discutido con Atenea, necesitaba desahogarse. Esa noche Penélope debía caer en sus redes a como diera lugar…

Zeus se manifestó entre los jardines del patio, sin ser visto. Vio a Penélope sentada en la enorme fuente central del jardín. Estaba sola, intentando capturar el agua del estanque que se escapaba de sus dedos… Zeus no podía más, deseaba a esa mujer por encima de todas las cosas.

-Penélope… -habló el Dios, haciendo que ella se sobresaltara del susto -. Soy yo, “Darío”. Quería saber si habías pensado en lo que te dije…

Penélope suspiró mientras él se acercaba y se sentaba con ella en el bordillo de la fuente.

-Sí… pero estoy confusa. No quiero serle infiel a mi marido. Pero tú tienes razón, podría estar muerto…

Zeus sabía bien que eso no era así ¡Qué más quisiera él!

-Es cierto que no debes ser infiel a tu marido, y yo no quiero que lo hagas. Pero si no sabes de él… ¿Acaso le estarías siendo infiel si en este momento no sabes si tienes marido o no?

A Penélope no le dio tiempo contestar, porque él ya se estaba acercando a sus labios. Zeus estaba contento, por fin iba a conseguir lo que quería. Pero un segundo antes de que si quiera se rozaran, la criada de Penélope, Euriclea, llegó exclamando vítores de alegría, haciendo que su señora y Zeus se separaran. Esto era porque Telémaco, el hijo de Penélope, había escrito a su madre.

La carta que le entregó la sirvienta a Penélope traía con ella no solo noticias de su hijo sino que, éste había tenido alguna pista sobre el paradero de su padre. Esto significaba que Odiseo, su esposo, ¡estaba vivo!

Penélope rompió en llanto ante las buenas noticias que su vástago le había escrito. Miró a Zeus, cuya cara ya no parecía tranquila; sus ojos se habían vuelto negros, con un vacío indescriptible. Su cuerpo se encontraba tenso. No decía nada, solo la contemplaba hasta el punto de asustarla. Y en ese momento… su cuerpo comenzó a emanar electricidad, su cara empezó a deformarse, y más rayos salieron de ese cuerpo que hasta hacía unos segundos era perfecto…

Penélope y su sirvienta, que estaban paralizadas, se tuvieron que tapar los ojos por el brillo que producía el Dios. En un minuto todo se quedó en calma y las dos mujeres abrieron los ojos, temerosas de ese silencio que se había hecho en un momento. Y allí…ya no había rastro de aquel hombre.

Penélope se quedo impresionada, ¿Quién era en realidad “Darío”? ¿Por qué en todo este tiempo no le había parecido raro? ¿Acaso podía ser una prueba que los dioses le habían puesto para demostrar la fidelidad a su esposo? Nunca lo sabría, pero a partir de ahora, no se fiaría de ninguno de sus pretendientes.

En cuanto a Zeus… de nuevo amontonó las nubes y envió lluvias y rayos por toda la tierra, castigando a los mortales por su despecho, y jurándose así mismo que nunca volvería a enamorarse de una mortal.

Atenea de nuevo intercedió para que los resultados no fueran muy catastróficos, su padre estaba muy enfadado con los humanos, y en especial, con su protegido Odiseo.

 

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