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Diario de Mayra

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                                                     2 de agosto de 1968

         Querido diario:

            Hay algo que debo contarte y que nadie más puede saber, pero antes de que mis padres me destierren, o algo peor, quiero relatarte, a ti y solo a ti, cómo empezó todo.

            Hacía unos meses que había entrado en el internado. Siempre había odiado los internados, pero… papá y mamá los adoraban. No sabían cómo tenerme fuera de su vista. Solo era una adolescente que traía problemas… ¿quién me iba a decir que esa frase se iba hacer realidad en alguna ocasión?

            Bueno, como te iba diciendo, en el internado nuevo no me fue muy bien. Las chicas apenas se abrían a las nuevas que llegaban para hacer la Enseñanza Media. Casi todas estaban juntas desde que tenían memoria y las nuevas, como yo, tenían que ganarse a pulso ser acogidas por las veteranas. Así que, empecé a vagar sola por los pasillos mientras se hacía la hora de ir a clase.

            Las clases me parecieron aburridas y perversas; las profesoras sonaban amargadas y monótonas. Así que… después de tres meses insufribles, no se me ocurrió otra cosa que escapar. No soportaba esa presión, las chicas no me soportaban y a mis padres tampoco les hacía gracia tenerme cerca, ¿qué caso tenía estar allí?

            Me fugué una noche oscura como boca de lobo. Hacía mucho frío; las primeras nevadas estaban por caer. Debía darme prisa en saltar la valla, antes de que se pusieran a caer copos de nieve y las prefectas se dieran cuenta de que no estaba en mi cuarto.

            ¿Qué iba a hacer una niña de dieciséis años por ahí sola? ¿La verdad? No tenía ni idea. Mi primer impulso había sido irme de esa cárcel, y eso mismo había hecho, sin importar las consecuencias.

            Mi internado estaba situado en Padrollano; un valle rodeado por montañas y poco concurrido. No teníamos contacto con los chicos, las monjas Adoratrices no tenían ninguna clase para ellos. Debía pasar allí un año entero, incluidas navidades y Semana Santa, y probablemente, el resto de los cursos de la Enseñanza Media y Superior.

            Había vivido en libertad hasta que a mis padres se les habían cruzado los cables y me habían enviado allí, ¿iba a aguantar tanto tiempo encerrada? La respuesta era obvia y simple: no.

            No había pensando en nada en esos tres meses que  no fuese escaparme de allí, justo antes de la navidad, cuando, no sé porqué, había menos control.

 

Iba pensando en mis cosas, después de haber comenzado mi huida a toda carrera, cuando escuché un gruñido que me sacó de mis pensamientos.

            Miré hacia todos los lados, pero no vi nada. Me cubrí la cabeza con el manto que me había llevado sin permiso, intentando fusionarme con las sombras de los árboles medio desnudos.

            Los primeros copos me sorprendieron a medio camino de mi libertad, no quedaba mucho para llegar a la linde de lo que unía el pequeño pueblo con las tierras del internado, pero, si empezaba a nevar fuerte, no sería capaz de encontrar el camino, y acabaría congelándome.

            Apuré el paso sin mirar atrás. Escuché otro gruñido y varios aullidos de lobos. ¡Lobos!

            El pánico se apoderó de mí y empecé a caerme en el suelo que pisaba, no daba dos pasos después de levantarme cuando otra vez volvía a estar sobre la tierra, cada vez más húmeda.

            Me caí una novena vez, en esta ocasión no me levanté tan rápido como hubiese querido, me había hecho daño en el brazo y no tuve otro remedio que levantarme las tres mangas que llevaba y comprobar la gravedad de la herida. ¡Esto era estupendo! ¡No me había caído saltando la ventana del internado, pero sí me había tropezado con una piedra y me había hecho daño! Olí mi propia sangre y me mareé. No me gustaba nada el olor a cobre que desprendía.

            Y, de repente, como si nada, un lobo surgió de entre las sombras, gruñendo en mi dirección. Apenas lo podía ver, pero la mitad de su pelaje refulgía a unos metros de mí bañado por un tenue rayo de luna.

            -¡Atrás! –le grité. Pero el lobo me gruñó sin hacerme caso.

            Comencé a reptar de espaldas, buscando algo con lo que protegerme. Encontré un pedrusco y se lo lancé.

            Hice mal, muy mal. No le di, el animal se puso nervioso e iracundo y corrió  hacia mí.

            Me tapé la cara con los brazos mientras comenzaba a rogarle a Dios que esto fuese lo más rápido y menos doloroso posible.

            Pero en lugar de morir, como había imaginado, escuché un chasquido, un alarido lastimero y ahogado y alguna cosa caer estrepitosamente al suelo.

            Me quité los brazos de la cara despacio, intentando hacer el menor ruido.

            Fue una sorpresa ver que una figura se erguía delante de mí, interponiéndose entre yo y lo que parecía ser el animal, que ahora no gruñía, sino que yacía inerte en el suelo.

            Ahogué un grito sin querer y me tapé la boca. Él hombre se giró en mi dirección y yo comencé a reptar una vez más con la espalda pegada al suelo, buscando otra piedra. Pero no me dio tiempo a encontrarla; él ya estaba agachado a mi lado, ayudándome a ponerme en pie.

            -¿Te ha hecho daño? –preguntó con una voz grave, pero cariñosa a la vez.

            -No… -balbuceé.

            Se quitó la chaqueta y me vendó el brazo con ella.

            -Tienes que mantener la sangre fuera del alcance de los… – pensó lo que iba a decir antes de añadir -: animales. Ellos pueden olerla y atacarte.

            ¿La sangre fuera del alcance de los animales? Nunca se me hubiese ocurrido, pensaba que los lobos cazaban conejos y ratas, no humanos.

            -Vale… -volví a balbucear mientras él me ayudaba a caminar hacia el internado.

Mi fuga se había quedado en eso, en un simple amago frustrado por escapar.

            En el internado se habían vuelto locos en cuanto me había ido, no habían tardado mucho en darse cuenta. El vigilante de turno me había visto a lo lejos. No había hecho sonar la sirena para no alertarme, así yo iría más despacio y ellos me atraparían antes.

Me tocó hacer la limpieza del colegio entero como cuatro veces, y créeme, querido diario, son muchas veces para limpiar aquel sitio yo sola.

            Mis padres me dejaron sin regalos de navidad, ni siquiera vinieron a verme, aunque no me extrañaba en absoluto. Raúl era el niño de sus ojos, el hijo perfecto, el heredero al trono de las minas de carbón de la familia, mi hermano predilecto. De pequeños habíamos estado muy unidos, pero ahora apenas nos hablábamos, yo había quedado como la mocosa corrupta que se había ido por el mal camino, palabras textuales de mi padre. Y, en cambio, Raúl cada vez se parecía más a él.

            En fin, no era a este punto dónde quería llegar, querido diario, sino que, como te iba diciendo, la navidad allí era un asco. Las hermanas no me trataban mal y yo sabía que me había escapado y que no había estado bien, no me importaba limpiar las veces que hiciera falta ese dichoso internado, lo que me preocupaba era quedarme allí, encerrada el resto de mi vida.

            Después de la navidad, tuve un golpe de suerte, bueno, en realidad, dos. Las monjas hacían labores de caridad y una de ellas era ofrecer a gente sin recursos alojamiento y educación a cambio de ayudarlas con las tareas del internado.

            Fue así como llegó Ana, mi mejor amiga. Era una de las nuevas becarias que trabajaba en la cocina. Fue ella quién me enseñó algunos trucos culinarios, se le daba bastante bien eso de cocinar.

            El caso es que Ana, que tenía un color de pelo más rojizo que el mío, fue repudiada por las demás chicas, como yo, con lo que tuvimos la mitad del camino hecho para ser amigas. Éramos inseparables. La gente lo sabía y, por mucho que se burlaran de <<las pelirrojas infernales>> nosotras éramos la mar de felices.

            Pero, mi felicidad aumentó muchísimo más un mes más tarde; cuando él llegó.

            Alberto apareció en mi vida como un rayo de luz. Sus ojos, entre castaños y verdes, reflejaban la bondad personificada. Su sonrisa humilde hizo que mi alma sonriera cuando él lo hacía, y sus rizos castaños eran tan irremediablemente atractivos que me pareció el hombre más guapo de este mundo.

            Solo había unos cuantos problemas que se interponían en mi felicidad; primero, mis padres. Segundo; mi estatus social y el suyo. Tercero; la edad, él tenía veintidós años y yo dieciséis. Mis padres nunca estarían de acuerdo y mucho menos si él era <<el manitas sin estudios del internado>>.

            Me enamoré inevitablemente de él, como él lo hizo de mí. No había más opciones viables: debía escaparme una vez más, pero, esta vez, con el amor de mis sueños. Ana puso el grito en el cielo, pero aun así, me apoyó. La noche de mi segunda fuga, justo antes de Semana Santa, Alberto me preguntó catorce mil veces que si estaba segura de aquello, y yo le dije catorce mil veces que sí. Él había dispuesto todo para irnos, había hecho un trato con el hombre de la cuadra, y yo no quería echarme atrás. Lo amaba y no me importaba luchar contra mis padres por él.

Pensarás que si no les dije nada de mi noviazgo secreto, ¿cómo sabría si me apoyarían o no? Bueno, no hacía falta preguntar, estaba segura de que no me iban a apoyar.

            Me despedí de Ana a la luz de una vela, justo antes de salir por las caballerizas, era el sitio más seguro. Corrimos sobre Gamo, el mejor caballo del internado, pensábamos dejarlo a la entrada de las tierras de las Adoratrices, no queríamos robarlo. Allí nos esperaría un amigo de Alberto con un coche, oculto entre los caminos de piedra.

            Habíamos llegado casi a la línea divisoria cuando, como en la vez anterior, los lobos nos asaltaron; esta vez no era uno, sino una manada entera.

            El caballo se paró en seco, tan repentinamente que casi nos caemos de la grupa.

            -¡So, bonito! –dijo Alberto para calmar a nuestro pura sangre blanco.

            Escuché varios gritos provenientes del colegio; se habían dado cuenta de que nos habíamos ido.

            -Si no nos vamos ahora, nos descubrirán –dije mirando hacia atrás.

            Y, como si les hubiese dado a los lobos una invitación a un festín, nos gruñeron alto y claro, babeando como si fuésemos la cena del día. El caballo volvió a ponerse nervioso y comenzó a correr, yo aun no había vuelto mi cabeza hacia el frente cuando Gamo volvió a galopar, pero esta vez, como una fiera indomable huyendo del peligro. No pude agarrarme al abrigo de Alberto y caí sin poder evitarlo mientras él se iba con el caballo gritando mi nombre.

            Vi el cielo estrellado a lo lejos mientras caía boca arriba, pedí a las estrellas en un susurro que al menos ayudasen a Alberto a llegar hasta su amigo y no le pasara nada… quería pensar lo menos posible en el dolor que iba a sufrir tras caer del animal galopante y la carnicería que haría conmigo la manada de lobos.

            Te preguntarás ¿cómo está escribiendo esto entonces si se cayó al suelo en un salto fatal y los lobos la estaban esperando para atacarla? ¿Verdad?

            No sucedió ni una cosa ni la otra.

            El hombre que me había salvado la primera vez que huí, me volvió a salvar una segunda. Me cogió en el aire y salté con él más alto que cuando Gamo me había arrojado fuera de su montura.

            -¡Ten cuidado con lo que deseas! –me dijo el hombre.

            No entendía por qué me decía aquello. En realidad, no entendía nada, ¿íbamos saltando árboles?

            -¿Qué… quiere decir? –pregunté como una idiota cuando cayó de pie en el suelo como un gato cuando baja de un muro.

            -Que debes tener cuidado con lo que deseas. También debes tener cuidado a qué ente se lo pides…

            <<Ente>> repitió mi mente, pues yo estaba muda. No entendía nada de nada.

            Iba a volver a hacerle la pregunta cuando algo empujó al hombre y los dos caímos al suelo.

            ¿Recuerdas que me había hecho daño en el brazo la primera vez que me había escapado? Bueno, pues ahí comprobé que no se me había curado bien, no se me rompió, pero solo por un pelo, y no sabes cuantísimo me dolía.

            Como te decía, yo estaba retorciéndome de dolor cuando <<eso>> apareció de las sombras. Un ser maligno procedente de lo más hondo del inframundo. Sus ojos brillaban en medio de la noche y sus colmillos se expandían conforme avanzaba hacia nosotros.

            -¡Ella no ha pedido un deseo, no puedes hacerle nada! –exhortó mi salvador.

            -Pero eso tiene fácil solución, ¿no crees? –bramó la cosa infernal aquella.

            -No. No voy a permitir que te la lleves.

            El ser infernal sonrió con desdén.

            -Me has hecho la mitad del trabajo; tener algo que ver con nosotros. Lo demás es pan comido, Diego.

            Así fue cómo me enteré del nombre de aquel buen… hombre. La otra ocasión que me había salvado, solo me había convencido para volver al internado, me había dejado en la puerta sana y salva y se había largado corriendo.

Diego no le contestó, simplemente me cogió en brazos y volvimos a irnos… volando sobre los árboles.

            -Escucha, no pidas deseos si vuelves a ver a alguien como él. Estarás a salvo con los humanos que no tengan ningún vínculo con nosotros. Los que no tienen ninguna conexión con los nuestros no tienen de qué temer.

            -Lo siento, pero no te entiendo –conseguí decir en medio del caos mental que reinaba en mi cabeza en ese momento.

            -¿Cómo te llamas? –preguntó tan normal.

            -Mayra. –Mi respuesta fue automática, como cuando la profesora pasaba lista en clase.

            -Mayra, escucha atentamente. Olvida lo que has visto, vete lejos de aquí con tu chico, no regreses jamás, y, por lo que más quieras, no le cuentes esto a nadie. Diles que los lobos se ahuyentaron con las voces de las monjas, que se asustaron de tanto alboroto.

            Él tenía razón, ahora escuchaba claramente el jaleo, todos nos estaban buscando.

            -Vale –dije como una chiquilla asustada, que es lo que era en ese momento.

            Diego me dejó sobre la hierba y me indicó la línea que debía de seguir para cruzar la frontera entre el internado y la libertad. Me deseó buena suerte y me prometió que alejaría a los lobos de mí.

            Me dolía el brazo a horrores, pero continué entre los árboles sin mirar atrás. Vi la alambrada rota que había preparado Alberto para que pudiésemos escapar. Ahí estaba él, malherido, con su amigo y el coche. Alberto estaba como loco, su amigo lo sujetaba, intentaba calmarlo para que no volviese en mi búsqueda en medio de los lobos y la multitud de personas que cada vez sonaban más cercanas, intentado atraparnos.

            -¡Estoy bien! ¡Vámonos! –susurré cuando estuve lo bastante cerca de ellos.

Él suspiró de alivio,  me envolvió entre sus brazos y me besó. Y después nos internamos en el coche, alejándonos de Pradollano para siempre.

***

         Las siguientes semanas fueron un suplicio, nos fuimos a casa de Alberto, a la casa de sus padres en realidad. Fueron muy amables conmigo, pero pronto llegaron noticias del internado, y, una vez más, se derrumbó mi mundo.

            Las monjas se habían dado cuenta de que nos habíamos fugado juntos. No hacía falta ser un lumbrera para ello, yo no estaba y el manitas había desaparecido.

            No quería ni pensar el interrogatorio por el que Ana estaría pasando por mi causa en ese momento.

            Querido diario, nunca se lo he reconocido a Alberto, pero fueron unas de las peores semanas de mi vida.

            En fin, que me voy del tema, el caso es que acusaron a Alberto de secuestro y de robo, pensaban que me había llevado a la fuerza y, además, el caballo que habíamos cogido apareció muerto, lleno de mordeduras, imaginé que por los lobos hambrientos de carne.

            Mis padres pidieron la dirección de Alberto, y, aun estando en Jaén, donde vivían mis suegros, mis padres no me dejaron en paz. Un buen día se presentaron en su casa. Alberto estaba intentando que no lo metieran preso, ya había pasado unos cuantos días en prisión, y aun no sabíamos cómo lo habían soltado, pero esto no había acabado, solo acababa de empezar.

            Me fui con mis padres con la condición de que ayudaran a mi prometido a salir de la cárcel. Mi padre me dio un guantazo cuando utilicé esa palabra para referirme a él, y yo no pude hacer otra cosa que llorar mientras él me arrastraba hacia su coche nuevo. Dentro me esperaba mi madre, con una desilusión palpable en la mirada, y mi hermano, que tenía pinta de estar pensando << ¿qué diablos hago yo aquí?>>.

            Y aquí estoy, querido diario, dos meses después, en mitad del verano, sin saber nada de Alberto, ni de Ana ni de nadie. A ella he intentado escribirle un par de veces, pero mi madre ha interceptado mi correo todas las ocasiones. Siempre coge el sobre y me dice <<si te escapaste de allí, no sé por qué quieres mantener correspondencia con nada que tenga que ver con el internado>>. Me da la sensación de que, lo que en realidad quiere decirme, es que tuve mi oportunidad de continuar con mi vida <<perfecta>> allí y que, como he sido tan idiota, lo he echado todo a perder. Sé que se siente muy avergonzada de mí, pero lo volvería a hacer ahora si estuviese en la misma posición; me escaparía las veces que hiciera falta.

Debo reconocer que esto no es mejor que limpiar el internado, y que echo muchísimo de menos a Ana, no hablemos ya de Alberto. Aquí no me dejan ver a mis antiguos amigos. Estoy sola todo el día, rodeada de sirvientas que me obligan a hacer costura y cosas así. Están tan hartas de cuidar de mí, como yo de que ellas me vigilen.

            Bueno, al menos hay una que no me tiene tanta tirria;  se llama Lara, la doncella nueva, tiene una hija de mi edad, y creo que le doy pena.

            He pensando en hablar con ella, querido diario, porque estar aquí escribiéndote, está muy bien y todo eso, pero necesito hablar con un ser humano. Aun no me atrevo a contarte mi secreto, aun sabiendo que la tinta no se ve. ¿Buen invento, eh? Las páginas se quedan ligeramente onduladas, pero solo parece que se han mojado, y conociendo lo patosa que soy, a nadie le extrañará en absoluto. Los limones que utilizo se los he pedido a Lara en un par de ocasiones, le digo que me gusta plantar árboles, luego le digo que no he sabido cuidarlos y no han brotado. Ella, primero se ríe, y después me da más limones, piensa que son cosas de críos y yo quiero que eso siga siendo así.

            En fin querido diario, aun no puedo confesarte la verdad que me consume, quizás lo intente de nuevo en otro momento.

***

                                                                                                          12 de Agosto de 1968

            ¡Querido diario! ¡Querido diario! Tengo una novedad, el otro día conseguí que Lara me dejara sola paseando, y, ¿adivina qué? ¡Me encontré con Diego!

            La verdad es que no se alegró mucho de verme, bueno más bien dijo <<no deberíamos habernos visto>> y, aunque sin maldad, creo que esas palabras esconden algo más. Casi no creí que fuese él de verdad. Lo reconocí por su figura, es un hombre adulto, pero se mantiene bastante bien.

            Al principio vi la impresión en su cara, se estaba preguntando qué hago yo en Montefrío, la ciudad donde mis padres han decidido vivir después de que se avergonzaran de mí por escaparme del internado con un <<pobre andrajoso que solo quiere la fortuna de la familia>>.

            Le he explicado mi situación y ha prometido que me traerá noticias de Alberto. Por muy raro que suene, he confiado en él, espero de verdad que cumpla su promesa. He aprovechado también para preguntarle por el internado, y ha estado muy reacio a hablarme de aquello, lo único que he conseguido sacarle es que me diga que van a cerrarlo y que probablemente hagan una estación de esquí por allí. También le he preguntado por ese hombre… el de los colmillos, ha carraspeado y se ha negado a contestarme aludiendo que tenía que irse.

            Pensándolo bien, quizás no vuelva. Ese hombre tiene algo raro, y por alguna razón, no quiere que nadie se entere de su secreto.

            Bueno, yo no dije ni una palabra de lo que pasó en el bosque. No quería que me encerraran en un manicomio, pero, a día de hoy, aun no me explico lo que pasó en realidad, ni con Diego, ni con los lobos, ni con el hombre-bestia.

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