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Relato breve :YO

YO

Ella estaba ahí cuando desperté. Todos los días se acercaba a mi cama a las siete en punto de la mañana. Yo era una perezosa que no tenía ganas de ir al colegio. Tenía mucho sueño y muy pocas ganas de salir de debajo de las mantas.

-Venga dormilona –me dijo suavemente antes de destaparme por completo.

Yo bostecé y me restregué los ojos a modo de queja. Cuando los abrí, ahí estaba ella, mirándome con ternura y con sus largos brazos abiertos, esperándome para acogerme en ellos y llevarme al lavabo como de costumbre.

-Hoy te vas a lavar los dientes tú sola, Celia –me dijo mientras me llevaba en brazos y yo seguía bostezando.

-¿Por qué? –pregunté sin entender.

-Porque ya tienes cinco años y eres mayor –sentí que sonreía.

Yo había soñado con ser mayor mucho tiempo, pero ahora no sabía si tenía ganas, tenía mucho sueño.

Entramos al gran baño de la habitación de mis padres, mi madre puso una silla para que me subiera encima de ella, pues no llegaba a la pila. Y en cuanto me vi arriba, en las alturas, me dio vértigo; el suelo estaba muy lejos y tenía miedo de caerme.

-Yo sostengo la silla, tranquila.

Asentí con la cabeza, confiando plenamente en ella, como siempre.

En cuanto levanté la vista, comprobé lo que mamá decía; yo era mayor.

Mi reflejo me dejaba ver a una niña que no era la misma que en las fotografías del bebé que colgaban en el salón.

Fue extraño ver lo grandes que tenía los ojos, lo mucho que me había crecido el pelo, las pecas que me habían salido en la nariz, los labios rosados y estilizados…

Estaba tan asombrada con mi imagen que me quedé embobada unos segundos, tocándome las mejillas con las manos para convencerme a mí misma de que ese era mi reflejo.

Cuando por fin lo hice, sonreí a mi otra yo, y sus ojos brillaron de pura emoción; era mayor.

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Zeus y Penélope

Mucho tiempo atrás, cuando los dioses gobernaban el mundo y Odiseo se hallaba lejos de su añorado hogar, su esposa, Penélope, lo echaba de menos en Ítaca. Llevaba más de diez años de viaje, desde que había partido para ayudar al Rey Menelao a someter a Troya después de su traición. Los rumores de su muerte llegaban cada vez más lejos, de modo que muchos pretendientes querían cortejar a su hermosa esposa Penélope, aunque siempre se encontraban con una negativa por parte de ella.

Penélope era una mujer muy bella, su hermosura había llegado a oídos de muchos hombres, por esto muchos se animaban a seducirla, por eso y porque la herencia de su marido era más que suculenta.

Penélope poseía unos cabellos dorados que podrían competir con el mismo sol, y unos ojos azules podrían hacerle sombra al mismísimo mar. Esta belleza no pasaba desapercibida ni siquiera por los dioses…

Zeus, que había escuchado estas noticias, tenía curiosidad por saber si la muchacha, supuestamente tan bella, caería a sus pies, como lo hacían sus demás conquistas. No le importaban los otros pretendientes, ya que podía utilizar sus poderes para transformarse en lo que quisiera…

 

Una  agradable mañana primaveral, Penélope salió a pasear por el bosque que recorría el monte Nérito. Iba en busca del riachuelo que pasaba cerca de su hogar. Era el único lugar donde se encontraba libre de sus molestos pretendientes, ansiosos por que les diera una contestación para casarse con alguno de ellos.

El riachuelo no quedaba lejos, pero era de difícil acceso, ya que se debían subir altas cuestas a través del espeso bosque. Cuando por fin pudo llegar, se apoyó con las rodillas en el suelo, se inclinó hacia el agua y se enjuagó la cara. El sol estaba saliendo, los rayos bañaban su cara y Penélope miró al cielo para deleitarse con ese calor. De pronto, salida de la nada vio…un águila.

“Qué raro” pensó. “Por aquí no hay águilas, será alguna que se ha desviado de su rumbo”.

Algunas ramas se escucharon crujir de entre los árboles. Penélope desvió rápidamente la mirada del sol, exaltada por el susto. ¿Qué había detrás de los árboles?

De las sombras un gran toro emergió, con pelaje brillante y cuernos majestuosos. Penélope se puso en pie, dispuesta a salir corriendo. Aunque… el toro no parecía querer hacerle daño, se mostraba sereno. Se acercó al río para beber agua, mirándola de reojo. Penélope se preguntaba por qué ese enorme animal no la atacaba. ¿Era inofensivo? La esposa de Odiseo tuvo la curiosidad de tocarlo, era como si algo la impulsaba a hacerlo. Alargó la mano, temblorosa, mientras el animal bebía. Tocó su pelaje, el animal no se movió lo más mínimo, parecía muy tranquilo, incluso parecían gustarle sus caricias, ya que comenzó a menear el rabo. La mujer se tranquilizó y comenzó a acariciar suavemente el lomo del animal mientras éste la observaba con sus ojos oscuros.

Zeus había conseguido engañarla, su disfraz de toro había sido acertado. No quería mostrarse delante de ella como un hombre, ya que tenía entendido que rechazaba a todos los que se le acercaban. De modo que eligió conquistarla primero como animal y después se mostraría como un humano para terminar de seducirla.

-¡Menudo susto me has dado! ¿De dónde te has podido escapar? -le dijo mientras lo acariciaba.

Él inclinó su hocico para frotarse con su mano.

“Debe de tener hambre” pensó Penélope. Dado que había demostrado ser un animal dócil se lo llevó a su casa; justo lo que Zeus pretendía.

Lo encerró en el establo con los demás animales y decidió visitarlo de vez en cuando a lo largo del día. Para Zeus no era cómodo el estar encerrado en aquel lugar, pero debía saber la frecuencia con la que sería visitado por Penélope para poder irse cuando ésta no estuviera presente.

Por la noche, cuando todo estuvo en calma, Zeus volvió al Olimpo. Penélope le había resultado más hermosa de lo que había escuchado. Estaba decidido a conquistarla. Pero primero debía asegurarse de que su esposo no regresara por el momento.

 

Lo primero que hizo Zeus fue visitar al oráculo Tiresias, debía revelarle la suerte de Odiseo.

-¡Zeus, el que oscurece las nubes! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué te trae por el hades?-Preguntó el Oráculo.

– ¿Es que acaso no sabes ya a lo que vengo, Tiresias? -preguntó el Soberano.

-No tengo respuesta a todas tus preguntas, lo único que te puedo decir es que Odiseo ha pasado años en la cueva de Calipso y ahora ha conseguido escapar -contestó el viejo.

Cierto, Zeus recordaba perfectamente las plegarias de Atenea para que la ayudara a dejar que Calipso lo soltara. ¡Por qué le habría hecho caso!

– ¿Y Penélope, caerá a mis pies mientras su esposo no esté con ella? –inquirió  el Dios.

-Ella siempre le será fiel a su marido, hasta la muerte.

A Zeus no le gustaron las palabras de Tiresias, haría que Penélope sucumbiera a sus encantos como fuera.

-¿Qué será ahora de Odiseo? -preguntó enfadado.

-Odiseo emprenderá su regreso a casa.

“Si regresa…” pensó el Dios, que estaba irancundo por las respuestas del Oráculo. Debía hacer algo para que Odiseo se mantuviera lejos de su patria mucho tiempo. Ya que Penélope le costaría más trabajo de cortejar del que había planeado.

 

Entonces Zeus, el que porta la Égida, ideó un plan. Se dirigió al palacio de Circe, la Hechicera, y allí la encontró preparando alguno de sus hechizos.

Ella se detuvo en seco, mirando a Zeus, expectante. ¿Por qué la visitaba? Hacía siglos que no se habían visto.

-Debo pedirte un favor –dijo Zeus.

-¿De qué se trata? –contestó ella sorprendida por sus palabras.

-Voy a enviarte a un hombre llamado Odiseo. Es un hombre astuto. Debes retenerlo aquí a toda costa. Sedúcelo y no dejes que se marche –ordenó el hijo de Cronos.

– ¿Y todo esto, a que se debe? -preguntó Circe, aun más sorprendida por su petición.

-Eso no es asunto tuyo, tú haz lo que se te ordena -y diciendo esto, desapareció.

 

Odiseo navegaba por el ancho mar, cuando vio pasar un águila de plumaje majestuoso por el alto cielo. ¿Qué hacía por allí ese bello animal divino asimilado a Zeus? ¿Acaso él andaba cerca? Esperaba que el Dios no se hubiese olvidado de él y lo ayudase a llegar pronto a su patria.

El hijo de Laertes suspiró, nostálgico. Echaba de menos a su amada  esposa Penélope y deseaba volver a abrazar a su hijo Telémaco.

Él y sus compañeros estaban cansados y abatidos; habían muerto muchos, y otros tantos no tenían esperanza de llegar a Ítaca.

La salida de la isla de los Cíclopes había resultado difícil. Aunque vencedores de Polifemo, muchos ya no estaban y no se les había podido dar un entierro digno.

En estas estaba pensando Odiseo cuando de la nada un viento voraz los tomó por sorpresa. Odiseo se tuvo que agarrar el timón con fuerza para no salir arrastrado hacia el otro extremo del barco. Sus compañeros se sujetaron a lo que más cerca alcanzaban. ¿De dónde habían salido esas nubes negras?

Arrastrados por el viento, desembarcaron en nueva isla después de navegar, durante medio día, desviados de su rumbo. Por fin el viento y las nubes le habían dado tregua.

Desembarcaron en busca de provisiones. Odiseo mandó a unos cuantos a explorar la isla, mientras él y otros tantos reconocían el terreno donde habían arribado.

Pasaron varias horas desde que el hijo de Laertes había enviado en busca de noticias a sus tripulantes, pero ni uno de ellos había regresado. ¿Qué les habría pasado? Con premura fue a buscarlos dejando al resto vigilando el barco.

Cansado de buscar, pues llevaba horas en ello, iba a darse la vuelta hacia el barco. Pero, antes de hacerlo, unas voces captaron su atención.

Escondido entre los matorrales para no ser divisado, vio un lujoso palacio, digno de un rey. Y… ¿qué se escuchaba? ¿Acaso no eran eso gritos de cerdos?

Se acercó sin hacer ruido, con cuidado de no ser visto. Había cerdos, muchos cerdos en una jaula, rodeados de copas con lo que parecían ser los restos de algún brebaje.

-Bienvenido, Odiseo de Ítaca, te estaba esperando –dijo una dulce voz detrás de él.

Odiseo se quedó hechizado. Esa bella voz pertenecía a una hermosa mujer de cabellos dorados y ojos penetrantes, tan negros como el fondo marino.

-¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién eres, hermosa mujer?

Circe caminó hasta su lado, embriagándolo con su aroma.

 

Penélope cuidaba todos los días de su “toro”, este cada día le parecía más hermoso. Sentía su mirada, no como de un animal, sino como la de un hombre…

Zeus ya no podía seguir haciéndose pasar por un animal, estaba harto. Deseaba a Penélope.  Se acercó a ella para que lo acariciara. Ésta hizo algo que jamás había hecho antes; le dio un beso en  el lomo y lo abrazó. La esposa de Odiseo se había encariñado mucho con el gran animal. Y allí, en sus brazos, la figura del toro comenzó a metamorfosearse… dando paso a un hombre.

Penélope se quedo estupefacta. El hombre nacido del toro era alto, de musculatura apreciable, con increíbles ojos grises y rizos color plata. Nunca había visto un hombre así.

-Muchas gracias, amable Penélope. Con tu beso has terminado con el conjuro que  me mantenía hechizado en estado de animal –habló el Dios disfrazado.

Penélope no salía de su asombro. ¿Un conjuro? Ahora entendía porque su “toro” la miraba de esa manera.

-¿Quién eres? –inquirió la mujer cuando por fin pudo articular palabra.

Zeus comenzó a explicarle una serie de acontecimientos ficticios que evitaran revelar su verdadera identidad. Se hacía llamar “Darío de Esparta”, su barco había naufragado en la isla de Eolo y la hechicera que moraba en ella lo había transformado en toro por no haber acatado sus caprichos.

Penélope se acordó de su marido. ¿Y si él pasaba por esa isla también?

Penélope decidió que no se podía deshacer del hombre, lo había estado cuidando semanas, y había sido su mejor compañía en esos días, transformado en hombre o animal, no podía abandonarlo. Así que Penélope, sabedora de conocimiento, le ofreció su hospitalidad al “recién” llegado inquilino. Un competidor más a los ojos de los pretendientes de la mujer.

Zeus había conseguido lo que se proponía, los demás hombres se quedaron mirándolo. Algunos con malicia y otros sorprendidos por su belleza, sin dudarlo era el más guapo de todos. Hasta las criadas de palacio cesaban de hablar cuando él pasaba.

Los días continuaron su rumbo, y Penélope se alejó un poco de Zeus, desde luego lo veía como otro pretendiente más a usurpar el lugar de su esposo. Aunque claro estaba, tenía ventaja sobre los demás.

Zeus no podía permitir que se alejara de él, si no, no llevaría a cabo su conquista.

En los días él siempre buscaba estar cerca de ella, aunque a veces era rechazado y lo frustraba, pero no se rendía. Por la noches iba al palacio de Circe a pedirle explicaciones sobre Odiseo, éste llevaba meses en su palacio, como estaba planeado. Circe siempre contestaba lo mismo “todo está bien, Odiseo me pertenece”. Zeus se quedaba contento con esta respuesta, mientras regresaba al palacio con Penélope.

Una noche la encontró asomada al palco de uno de los torreones del palacio, pensativa, mirando al infinito.

-Penélope, llevo unos meses intentando decirte algo…-dijo el que amontona las nubes.

Penélope se sobresaltó, estaba tan anonadada y metida en sus pensamientos que no se había percatado de la presencia del Dios.

-¿De qué se trata? –contestó ella con una mirada melancólica.

Zeus pudo apreciar cuando ella lo miró, que bajo sus párpados quedaban los restos de lo que había sido un llanto.

-Sé que no soy digno de ti -apenas creía que hubiese dicho eso a una mujer ¡Él, el gran Soberano del Olimpo! Las mujeres no eran dignas de su presencia – ¡tu belleza compite con los mismísimos dioses! pero he de decirte que llevo mucho tiempo pensando en ti. Te echo de menos, echo de menos cuando era un “toro” y tú estabas a mi lado.

-Lo siento… pero ya no te veo como un animal, te veo como el hombre que eres –aunque no lo dijese de manera directa, Penélope se sentía atraída por él.

Zeus se acercó más a ella, casi rozándola con su aliento. Penélope se alejó, nerviosa, pero no tenía escapatoria, no iba a saltar por el palco…

-¡Oh! Penélope, diosa mortal de la belleza ¿Acaso no soy lo bastante para ti, ni siquiera para ser tu esclavo?

A Penélope se le encogió el corazón.

-¡No digas eso! Yo… si no estuviese casada…pero espero a mi esposo Odiseo y a mi hijo Telémaco.

-Pero tu esposo puede estar muerto, tengo entendido que llevas años esperándolo. Y tu hijo no pondrá objeción a que su madre se vuelva a casar… -Zeus controlaba su irá. Una negativa por parte de Penélope, una mortal, aunque fuese bella, lo llenaba de rabia.

Penélope calló unos segundos, entristecida. No quería serle infiel a su marido, y tampoco quería hacer daño a su pretendiente ya que este no era como los demás, le atraía de verdad.

-Tengo que pensármelo…- Esperó a que Zeus dejara de interponerse en su camino y se fue caminando deprisa a través del pasillo.

Zeus, el que porta la Égida, se encontraba colérico. Una ira contra Odiseo le hacía arder por dentro. Ese hombre, sin saberlo, estaba frustrando sus planes. El protegido de Atenea no dejaba de estar presente entre él y Penélope.

Muerto de rabia, se dirigió al palacio de Circe, la Hechicera.

-¿Dónde está Odiseo? –preguntó el Dios, haciendo que tronara todo el palacio.

-No está –anunció Circe a una distancia prudente del hijo de Cronos.

-¿Cómo que no está? –Los ojos de Zeus se volvieron más oscuros si podían. Su poder empezaba a vibrarle por las venas.

Circe estaba muerta de miedo, pero ¿a dónde podía irse? Nadie podía escapar a la ira del gran Zeus…

-Tuve que dejarlo marchar, Atenea me lo ordenó.

-Atenea… -vociferó el que reúne las nubes con voz atronadora mientras desaparecía de la estancia, dejando a Circe respirando tranquila.

En el Olimpo todo estaba en calma, pero ni las Moiras, juezas del destino,  sabrían adivinar como acabarían las cosas entre los dioses.

 

Atenea se encontraba sentada en su templo, observando el rumbo de Odiseo. Ésta había decido interceder por él ante Circe, ya que no era justo que lo tuviese recluido por culpa de un amorío de su padre. Además estaba harta de ver como la Hechicera jugaba con sus compañeros de viaje, convirtiéndolos en cerdos y jugando a su antojo con su vida.

Zeus llegó implacable, interrumpiendo su armonía mientras la miraba con los ojos llenos de ira.

 

Odiseo acababa de embarcar de nuevo para retomar su viaje hacia Ítaca. Por fin había podido librarse de Circe. El viento era favorable y el sol les regalaba todavía horas de luz para continuar su viaje.

Pero un segundo después, todo se tornó oscuro. Las nubes comenzaron a amontonarse en el cielo. El viento comenzó a soplar con fuerza. A lo lejos, aullidos de pájaros se escucharon, eran… ¿una lechuza y un águila peleando? Odiseo no alcanzaba a verlos bien, ya que las gotas de lo que empezaba a parecerse a una tempestad afloraban desde el cielo, nublándole el sentido de la vista, mientras que los rayos amenazaban sus oídos, azotando el cielo gris.

Toda la tripulación se preparó para la tormenta. “Zeus debe haberse enfadado” pensó Odiseo.

 

Penélope no dejaba de darle vueltas al asunto de su nuevo pretendiente. Era un hombre apuesto y que parecía amarla. ¿Y sí su marido estaba muerto? ¿Y si en realidad estaba esperando a alguien que no volvería jamás? ¿“Darío” tendría razón? Y en cuanto a su hijo, no podía impedir que volviera a casarse, no era prudente que una mujer estuviese sola… y comparado con los demás pretendientes… era el mejor. No parecía buscar  la riqueza de Odiseo, como los demás querían, entre otras cosas, y en cambio si la ambicionaba a ella. Penélope se había dado cuenta de que la miraba con deseo y pasión, no la veía como un premio que llevarse junto con las pertenencias de su marido.

La noche estaba espléndida, las estrellas brillaban en el cielo. El aroma de las flores primaverales embriagaba la estancia. Era la segunda primavera que Zeus estaba con Penélope, los meses que había pasado Odiseo recluido en el palacio de Circe habían servido para que el Dios se acercara a su añorada mortal. Estaba cansando de hacerse pasar por un simple humano, y después de haber discutido con Atenea, necesitaba desahogarse. Esa noche Penélope debía caer en sus redes a como diera lugar…

Zeus se manifestó entre los jardines del patio, sin ser visto. Vio a Penélope sentada en la enorme fuente central del jardín. Estaba sola, intentando capturar el agua del estanque que se escapaba de sus dedos… Zeus no podía más, deseaba a esa mujer por encima de todas las cosas.

-Penélope… -habló el Dios, haciendo que ella se sobresaltara del susto -. Soy yo, “Darío”. Quería saber si habías pensado en lo que te dije…

Penélope suspiró mientras él se acercaba y se sentaba con ella en el bordillo de la fuente.

-Sí… pero estoy confusa. No quiero serle infiel a mi marido. Pero tú tienes razón, podría estar muerto…

Zeus sabía bien que eso no era así ¡Qué más quisiera él!

-Es cierto que no debes ser infiel a tu marido, y yo no quiero que lo hagas. Pero si no sabes de él… ¿Acaso le estarías siendo infiel si en este momento no sabes si tienes marido o no?

A Penélope no le dio tiempo contestar, porque él ya se estaba acercando a sus labios. Zeus estaba contento, por fin iba a conseguir lo que quería. Pero un segundo antes de que si quiera se rozaran, la criada de Penélope, Euriclea, llegó exclamando vítores de alegría, haciendo que su señora y Zeus se separaran. Esto era porque Telémaco, el hijo de Penélope, había escrito a su madre.

La carta que le entregó la sirvienta a Penélope traía con ella no solo noticias de su hijo sino que, éste había tenido alguna pista sobre el paradero de su padre. Esto significaba que Odiseo, su esposo, ¡estaba vivo!

Penélope rompió en llanto ante las buenas noticias que su vástago le había escrito. Miró a Zeus, cuya cara ya no parecía tranquila; sus ojos se habían vuelto negros, con un vacío indescriptible. Su cuerpo se encontraba tenso. No decía nada, solo la contemplaba hasta el punto de asustarla. Y en ese momento… su cuerpo comenzó a emanar electricidad, su cara empezó a deformarse, y más rayos salieron de ese cuerpo que hasta hacía unos segundos era perfecto…

Penélope y su sirvienta, que estaban paralizadas, se tuvieron que tapar los ojos por el brillo que producía el Dios. En un minuto todo se quedó en calma y las dos mujeres abrieron los ojos, temerosas de ese silencio que se había hecho en un momento. Y allí…ya no había rastro de aquel hombre.

Penélope se quedo impresionada, ¿Quién era en realidad “Darío”? ¿Por qué en todo este tiempo no le había parecido raro? ¿Acaso podía ser una prueba que los dioses le habían puesto para demostrar la fidelidad a su esposo? Nunca lo sabría, pero a partir de ahora, no se fiaría de ninguno de sus pretendientes.

En cuanto a Zeus… de nuevo amontonó las nubes y envió lluvias y rayos por toda la tierra, castigando a los mortales por su despecho, y jurándose así mismo que nunca volvería a enamorarse de una mortal.

Atenea de nuevo intercedió para que los resultados no fueran muy catastróficos, su padre estaba muy enfadado con los humanos, y en especial, con su protegido Odiseo.

 

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